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Los ocasos me envuelven en su fuga, así sea al pie de un infinito mar o reflejados en los cristales de un edificio; esos, los últimos vestigios de luz, me llenan de vida. Cuando el día palidece y la noche crece, ése es el justo momento en que me incorporo con una tenue atemporalidad y olvido. Amante de las sombras proyectadas en las noches de luna nueva. Adicto a los cantares babilónicos y a beber los nepentes que brotan de festines funestos. Por cierto, a veces me gusta estatizar...
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